Crearon un bioinoculante para soja con microrganismos de la Puna

En base a bacterias, investigadoras tucumanas desarrollaron un producto que mejora cultivos. Se trata de un bioinoculante que aumenta los rendimientos entre un 10 y 15 %; lo desarrolló un grupo de argentinos luego de investigar 20 años en las salinas y los desiertos.

La Puna es uno de los desiertos más altos del mundo, con condiciones ambientales que se asemejan a las de la Tierra primitiva. Allí se desarrollan bacterias y otros microorganismos adaptados a vivir en condiciones extremas, como las que había en el planeta hace 3.500 millones de años. Allí había un gran terreno para trabajar en el desarrollo de un bioinoculante que llegaría de la mano de expertas argentinas.

Y es allí donde tres investigadoras tucumanas: María Eugenia Farías y Carolina Belfiore, doctoras en Biología, junto a Elisa Bertini, doctora en bioquímica, se dedicaron durante más de una década a estudiar microorganismos extremófilos. Así identificaron bacterias que, al ser inoculadas en semillas, mejoran su crecimiento, aún en suelos degradados; y desarrollaron un bioinoculante que aumenta el rendimiento de los cultivos.

«Con nuestra formulación, el rendimiento de la soja aumenta un 15%, versus un 5% de los productos comerciales actuales. Y estamos esperando los resultados de las pruebas en maíz y trigo», destaca Bertini, quien actualmente está en San Francisco, California, pero antes pasó una temporada en la Antártida investigando en microbiología extrema.
A su regreso del Continente Blanco, Bertini comenzó a interesarse por el trabajo de sus coprovincianas: Farías, una de las referentes en cuestiones de extremófilos, y Belfiore, y a interactuar informalmente con ellas.

En 2020, en plena situación de aislamiento por la pandemia, las convenció de presentarse a la convocatoria virtual de GridX, una company builder local de startups biotecnológicas. La idea era transformar sus hallazgos bajo el microscopio en productos naturales que mejoren el rendimiento de los cultivos cuidando el suelo.

«Tinder» para negocios

Con un perfil marcadamente científico, las tres socias buscaban sumar al proyecto a alguien con formación en negocios. En GridX encontraron a Franco Martínez Levis, economista con un posgrado en Wharton, la escuela de negocios de la Universidad de Pennsylvania. «GridX funciona como como un Tinder para conseguir socios -comenta Bertini-, nosotras tenemos el conocimiento y las capacidades técnicas para desarrollar el producto, y nos faltaba la parte comercial, de finanzas y gestión».

En ese momento, Martínez Levis estaba trabajando en una consultora internacional y tenía un proyecto tecnológico para el mercado gastronómico, que abandonó por la propuesta de las investigadoras tucumanas. «Lo conquistamos con los extremófilos», bromea Bertini.

Una vez conformado el equipo, el proyecto cuyo nombre anterior era C-Kapur, se transformó en Puna Bio. Y salieron a buscar inversores.
«Ya teníamos pruebas de concepto en 20 plantaciones de soja, ubicadas en distintos lugares de Argentina. Pero necesitábamos hacer ensayos en otros lugares y a mayor escala», comenta la bioquímica devenida en emprendedora.

Luego de presentarse en diferentes concursos y rondas virtuales ante inversores, a fines del año pasado recibieron un llamado desde Indie Bio, la mayor aceleradora de empresas biotecnológicas, con sede en Silicon Valley.

La empresa

La empresa apunta a conquistar los mercados de Brasil y de Estados Unidos
«Era un viernes a la noche, ya estábamos apagando todo para irnos a descansar, y del otro lado de la pantalla nos estaban invitando a su sede en San Francisco. Dudábamos de estar preparados. Además, teníamos muchos pedidos y trabajo con productores locales para la campaña de soja. Pero el sábado ya estábamos entusiasmados con la idea, el domingo estábamos convencidos, y el lunes yo renuncié al Conicet y Franco a la consultora McKinsey para poder viajar, mientras María Eugenia y Carolina se quedaron en Argentina para continuar con los trámites y ensayos locales», comenta.

«Ya presentamos toda la documentación en SENASA y esperábamos que el primer bioinoculante para soja esté aprobado para su uso comercial durante abril. Luego queremos llegar al mercado de Brasil y de Estados Unidos», destaca Bellini.
En la sede de Indie Bio, la startup argentina comparte instalaciones con otras 12 compañías de diferentes países. A fin de mes se presentarán a una ronda de inversión por u$s 4 millones para llevar adelante más ensayos y estrategias de protección de la propiedad industrial.

Cómo es el bioinoculante que diseñó PunaBio

La formulación del bioinoculante cuenta con una licencia del Conicet por 20 años y está también protegida por el Protocolo de Nagoya, un acuerdo complementario al Convenio sobre la Diversidad Biológica (CDB) que busca la participación justa y equitativa de los beneficios derivados de la utilización de los recursos genéticos.

Ensayos y resultados

El año pasado se hicieron los primeros ensayos a campo en 20 puntos del país. Ahora, en el ciclo 2021/22, se aplicaron en más de 9 mil hectáreas para empezar los procesos regulatorios del SENASA. “Las pruebas las hicimos con ensayistas muy reconocidos como Gustavo Ferraris de INTA Pergamino, Luis Ventimiglla de 9 de Julio, Federico Morla en Córdoba, Edgardo Arévalo en Entre Ríos y muchos otros referentes”, contó Martínez Levis.

Lanzamiento al mercado

Su primer producto será un bioinoculante de soja que, sujeto a la aprobación regulatoria, esperan para poder presentarlo en la campaña 2022/2023: “Estimamos que entre marzo y abril vamos a tener la aprobación para poder comercializar el producto en todo el país”, adelantó Martínez Levis. La planta de producción está en Buenos Aires, en INTA Castelar.

Con respecto a los costos, por un lado, están escalando la producción para poder dar precios más accesibles y que llegue a la mayor cantidad de productores posibles. “El tratamiento de semillas es el insumo más barato que compra el productor, valen 3 o 4 dólares por hectárea. Nuestro producto no va a estar en otro orden de magnitud, a lo sumo uno o dos dólares más, pero si incrementamos un 15 % el rendimiento en un cultivo, el productor puede traer en margen bruto entre 100 y 150 dólares extra por hectárea”.

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