La serie de Neflix, es una crítica poderosa al poder centralizado y un homenaje al liberalismo y los valores del campo.
La serie Yellowstone, creada por Taylor Sheridan y protagonizada por Kevin Costner, sigue la historia de John Dutton, el jefe de una familia que posee el rancho más grande del Estado de Montana. A lo largo de 53 episodios, la ficción presenta los distintos conflictos que enfrenta la familia Dutton, a raíz del interés que despiertan sus tierras entre promotores inmobiliarios, grandes corporaciones, movimientos ecologistas, tribus indígenas y ambiciosos políticos corruptos. Unos y otros anhelan controlar o apropiarse de la gigantesca finca del protagonista, situada en un precioso enclave natural en el Parque Nacional de Yellowstone.
Yellowstone ofrece un claro reflejo de la lucha por los derechos de propiedad privada y una crítica constante al intervencionismo estatal. Como bien señala el español Carlos Rodríguez Braun en un análisis sobre la ficción, la producción de Taylor Sheridan se aleja de los estereotipos y plantea una historia donde los personajes son complejos, pero los mensajes son claros: «no hay duda de quiénes son los villanos y por qué: los políticos, los burócratas, los impuestos y los inversores inescrupulosos aliados con el poder para arrasar con propiedades y tradiciones».
Uno de los ejes centrales de Yellowstone es la lucha de John Dutton por proteger su rancho de quienes buscan arrebatárselo. La amenaza proviene tanto de desarrolladores privados con conexiones políticas como de regulaciones gubernamentales que encarecen la actividad ganadera y ejercen presión sobre los pequeños propietarios.
Como apunta Rodríguez Braun, la serie «vertebra toda su trama en torno a la defensa de la propiedad privada y la empresa familiar», resaltando la lucha de los Dutton contra quienes buscan imponer su dominio, no a través de un acuerdo satisfactorio para Dutton, sino mediante artimañas, como la manipulación de la legislación y de las instituciones políticas con capacidad de influir en el estatus jurídico del campo en disputa.
Esta dinámica ilustra un fenómeno que la ideología liberal ha denunciado durante décadas: el Estado no es un ente neutral, sino un arma que se usa en beneficio de unos y en detrimento de otros.
En Yellowstone, esto se ve claramente cuando las regulaciones medioambientales, lejos de aplicarse con un criterio uniforme, son utilizadas por distintos grupos de presión para favorecer sus intereses particulares y perjudicar a Dutton, que además lidia con un sinfín de impuestos y trabas y, para colmo, actúa empeñado en mantener un modelo productivo propio del siglo XX que tiene difícil encaje con la realidad ganadera del siglo XXI, tal y como le hace ver en distintas ocasiones su hija Beth, partidaria de explotar el rancho con un criterio de mercado más adaptado a los tiempos (por ejemplo, con la venta de carne y la cría de caballos de élite como principales vías de negocio).
El monopolio de la violencia y la justicia
Otro aspecto clave de la serie es la forma en que la familia Dutton maneja la seguridad y la justicia. En lugar de depender del sistema legal, que muchas veces está sesgado en su contra, John Dutton y su círculo más cercano recurren a métodos propios para defenderse. El analista Rodríguez Braun destaca esta característica de Yellowstone al referirse a la mentalidad estoica de los productores ganaderos y su autonomía frente a la adversidad: «los gaanderos son nobles en tanto son conscientes del peligro y de la muerte, y la enfrentan sin titubear. Logran así algo de la educación requerida para ser ciudadanos».
Aunque esta autodefensa cruza los límites de la legalidad en no pocas ocasiones, no deja de ser cierto que Sheridan la presenta como una reacción ante un sistema que, lejos de garantizar la justicia, se convierte en un arma de quienes ostentan el poder político o logran imponer su dominio sobre el mismo. En este sentido, la serie cuestiona el monopolio estatal de la violencia y abre la puerta a una reflexión más profunda sobre la descentralización de la justicia y la autonomía individual. Si nos gobernasen ángeles, la cosa sería muy distinta y, precisamente por eso, el reproche a las malas artes de Dutton requiere siempre una reflexión más general sobre el contexto tan adverso en el que con frecuencia se mueve el personaje interpretado por Kevin Costner.
Una serie que refleja un cambio cultural
A diferencia de muchas narrativas contemporáneas, Yellowstone no demoniza el capitalismo ni glorifica la regulación gubernamental como una solución a los problemas de la sociedad. En cambio, sí denuncia la connivencia entre grandes corporaciones y el Estado, lo que en el liberalismo se conoce como «capitalismo de amigos». Las distintas empresas inmobiliarias que buscan desarrollar sus negocios en el rancho de los Dutton, no aceptan que éste se niegue a vender sus tierras y optan por valerse de la legislación y la influencia política para lograr sus objetivos. De esta forma, Yellowstone deja claro que el problema no es el mercado, sino la captura del Estado por parte de intereses privados que buscan beneficiarse a expensas de los legítimos propietarios.
En una época donde muchas producciones audiovisuales promueven valores del tipo progresista/socialista, Yellowstone se erige como una obra que reivindica la autosuficiencia, la propiedad privada y la resistencia, baluartes de libertad frente al poder gubernamental y su intrusismo. Como resume Rodríguez Braun, la serie «defiende los valores contrarios a la corrección política» y plantea un mundo en el que la lucha por la libertad y la identidad cultural se ha convertido en una batalla diaria.
Por estas razones, Yellowstone no solo es un drama apasionante, sino también una crítica poderosa al poder centralizado e, incluso, un homenaje a los valores que han definido la historia de la civilización occidental.