En un año Niño, ¿son los drones la solución?
Los drones agrícolas tienen una ventaja ante los excesos hídricos porque permiten independizar una aplicación de la transitabilidad del lote. Pero requiere capacitación, criterios agronómicos y logística.
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Por: José Luis Amado -Periodista Agropecuario- Exclusivo para GRUPO LA VERDAD
Una campaña con mayores precipitaciones puede acelerar la adopción de equipos aéreos para realizar aplicaciones cuando las máquinas terrestres no pueden ingresar. Sin embargo, incorporar esta tecnología exige bastante más que comprar un dron. Se requiere capacitación, criterios agronómicos, logística, e incluso, elegir el equipo adecuado.
Los drones agrícolas tienen una ventaja ante los excesos hídricos que puede provocar un año Niño. Permiten independizar una aplicación de la transitabilidad en el lote. Sin embargo, de ahí a pensar que alcanza con comprar un equipo, cargarle el producto a aplicar y hacerlo despegar hay una distancia importante.
En este sentido, volar es relativamente sencillo porque estamos hablando de un robot autónomo. Uno le indica cuál es el lote, le genera el plan de vuelo, se le da arranque al equipo y este vuelve solo. Sin embargo, es muy importante la capacitación del operador en lo que son los parámetros de aplicación.
Ante un escenario potencialmente más húmedo, el desafío no será solamente poder entrar al lote sino hacerlo en el momento agronómico indicado. Porque muchas veces el principal costo de esperar a que seque el piso está en lo que sucede en el interior del cultivo.
El valor de llegar a tiempo
Una maleza no deja de crecer porque la pulverizadora no pueda entrar. En un barbecho, esperar puede significar encontrarse con plantas de mayor tamaño y más difíciles de controlar.
“Si no puedo entrar y no aplico, las malezas siguen creciendo. Una maleza adulta es mucho más resistente y tolerante que una joven. Por eso, entrar y aplicar en el momento justo, representa también un ahorro, ya que impacta directamente en la eficacia del control y en la eficiencia de la aplicación”, sostuvo Matías Fernández Koller de Biodcom Agro, master dealer de DJI Agriculture.
El mismo concepto se extiende a los preemergentes, donde una demora puede terminar retrasando la siembra, y a los postemergentes. Con fungicidas e insecticidas, la oportunidad puede ser todavía más crítica. “Al tener una ventana de aplicación acotada, si una enfermedad o una plaga avanza mientras no podemos entrar, el control pierde eficacia y el daño puede llegar a comprometer la formación y el llenado de los granos, y por ende, el rendimiento final del cultivo”, explicó Koller.
Por eso, la comparación entre una aplicación terrestre y otra con drones no debería reducirse al costo por hectárea. También hay que ponerle valor a la posibilidad de aplicar cuando el cultivo lo necesita.
El dron, al no circular sobre el lote, evita el pisoteo del cultivo, el cual está estimado entre 2% y 4% en aplicaciones terrestres, dependiendo de las condiciones de trabajo. Y en un año húmedo también evita ingresar con maquinaria pesada sobre suelos con exceso de agua, con el consecuente riesgo de huellas y compactación.
Esto no implica reemplazar a las pulverizadoras terrestres. Todo lo contrario, pues se suma una herramienta complementaria para situaciones en las que las condiciones del suelo, el desarrollo del cultivo o la urgencia de una intervención, dificultan su utilización.
Los errores que hay que evitar
Pero entrar al lote no garantiza por sí solo una buena aplicación. Y allí aparecen dos cuestiones agronómicas que son fundamentales para quienes se inician en el uso de drones: la preparación de la mezcla y la calidad de aplicación.
“Con el dron trabajamos con muchos menos litros por hectárea y una solución mucho más concentrada. Por eso, lo primero y más importante es que la mezcla sea correcta y prestar mucha atención a la dilución de los principios activos”, explicó Fernández Koller.
La segunda diferencia está en el recorrido que realiza la gota. Mientras una pulverizadora terrestre trabaja a poca distancia del objetivo, el dron puede hacerlo a tres o cuatro metros de altura. “Ahí la física del viento y las condiciones ambientales tienen un impacto enorme sobre la gota. La calidad de aplicación con un dron es más desafiante y por eso hay que trabajar correctamente la calibración y los coadyuvantes que ayudan a darle estabilidad”, señaló el técnico.
A esto se suma otro riesgo: trasladar automáticamente al dron la misma receta utilizada en una pulverizadora. Al trabajar con gotas más concentradas, Fernández Koller advierte que una sobredosificación puede aumentar los casos de fitotoxicidad sobre el propio cultivo. Por eso, más que aplicar recetas generales, el especialista pone el foco en ajustar cada tratamiento y capacitar al operador.
¿Comprar o contratar?
Antes de adquirir un equipo, otra alternativa es recurrir a los contratistas especializados que comenzaron a expandirse junto con esta tecnología. “Se puede averiguar qué contratistas están trabajando en la zona, conocer cómo vienen operando y probar la tecnología”, recomendó Fernández Koller. Para quien decide contar con un equipo propio, el primer interrogante es quién lo operará. Puede ser el productor o alguien del establecimiento, pero la capacitación forma parte de la inversión.




