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Actualidad y Mercados 16 de octubre de 2026 Por Redacción

Juan Manuel de Rosas y sus 60 arados: una postal que quedó en la historia

Su más reconocido historiador señaló que Rosas –antes de ser un personaje central de la política en el Siglo XIX-, fue un reconocido agricultor y hacendado que llegó a roturar sus campos con 60 arados a la vez. De ser así, se trataría de un récord mundial aún no superado.

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Juan Manuel de Rosas y sus 60 arados: una postal que quedó en la historia

Por: José Luis Amado –Periodista Agropecuario- Exclusivo para GRUPO LA VERDAD

La historia documenta que Juan Manuel de Rosas, antes de convertirse en una de las figuras más poderosas y controvertidas de la historia argentina, pasó buena parte de su vida entre las vacas y los cultivos en las extensas llanuras bonaerenses.

Lejos de los despachos oficiales y del poder político y militar, encontró en una estancia cercana en lo que es hoy San Miguel del Monte, el lugar ideal para desarrollar su capacidad como administrador rural.

La propiedad se llamaba Los Cerrillos. Una estancia que estaba ubicada en inmediaciones de lo que es hoy el kilómetro 100 de la Ruta Nacional 3. Pero que fue la antigua frontera bonaerense donde convivían grandes establecimientos ganaderos, fortines antimalones, caminos difíciles y enormes superficies de campo abierto.

Rosas adquirió aquellas tierras en 1820 a don Julián del Molino Torres, asociado con Juan Nepomuceno Terrero y los hermanos Luis y Manuel Dorrego. Poco después, esa estancia se transformó en un centro productivo y militar que resultaría fundamental para su ascenso político.

La estancia de los 60 arados

Durante las primeras décadas del siglo XIX, gran parte de la riqueza de Buenos Aires dependía de las estancias, pues allí, mientras la ganadería proporcionaba carne, cuero y grasa, la agricultura comenzaba a extenderse por el territorio.

En Los Cerrillos, Rosas aplicó un sistema de administración estricto. Él mismo organizaba a los trabajadores, controlaba los cultivos para el pastoreo y establecía instrucciones precisas para el cuidado de los animales, las labranzas en las praderas.

Uno de los datos más sorprendentes es que en esos campos llegaron a funcionar 60 arados de manera simultánea. Una cifra extraordinaria para una época en la que las tareas rurales dependían de la fuerza humana y animal.

El dato fue aportado por el historiador Adolfo Saldías en su obra “Historia de la Confederación Argentina” de 1892. Más precisamente en la página 28 de ese libro, Saldías menciona que en 1882, don Calixto Bravo le aportó una carta con el siguiente texto: “Puedo dar razón de todo lo que ha hecho en esos establecimientos, pues yo fui en tiempo en que existían muchos de los dependientes y capataces… Y es la verdad: sesenta arados!, funcionando al mismo tiempo, solo se ha visto en el establecimiento modelo “Los Cerrillos”, explicaba textual el ex empleado de la estancia de Rosas.

El prestigio de Rosas

Cuenta el historiador Fermín Chavez, en su libro “La Vuelta de Don Juan Manuel”, que “Ajeno a todo lo que no era el negocio de campo o sus miras personales, Rosas vio sucederse tranquilamente todos aquellos acontecimientos que ensangrentaban el país y otros que debían hundirlo en la ruina. Las luchas civiles no lograron sacarlo de Los Cerrillos, donde se hallaba desde que obtuvo su separación del servicio”.

Luego en la voz de Rosas escribe; “No me gusta la política y creo que todo el poder del mando no vale la pena de dar un galope hasta Buenos Aires. Lo que yo quiero dominar son muchas vacas y muchas leguas de sembrado”, señalaba Rosas en la imaginación de Chavez.

También el escritor señala que “Todas las estancias bajo la administración especial de Rosas, multiplicaron su capital en poco tiempo. La fortuna de aquella sociedad era fabulosa. Cada puesto contaba con un gran capital y cada cosecha de cereales les dejaba una ganancia pingüe.

Rosas, no olvidaba a su familia, que vivía con opulencia. Cada tanto tiempo venía a visitar a doña Encarnación, con quien pasaba algunos días. Entonces observaba con su gran perspicacia el movimiento político y se volvía a sus estancias donde seguía el desarrollo de sus planes y la conservación de su prestigio.

Solamente con las peonadas de sus establecimientos, podía Rosas formar un ejército no despreciable para aquellos tiempos. Su prestigio había crecido de tal manera que, en los pueblos de toda la campaña se daban fiestas en su honor, invitándolo”, describe Chavez.

Y agrega: “Se puede decir que toda la campaña sudoeste, se movía a la voz de Rosas y era increíble el respeto y temor que le tenían los gauchos.

De cuando en cuando y para que lo tuvieran siempre presente, daba una carne con cuero y baile. Aunque muchas veces en estas fiestas los concurrentes llegaban y pasaban el número de mil, jamás sucedía cosa desagradable. El que a pesar de sus esfuerzos por no hacerlo se punteaba, iba a esconderse entre los árboles o entre las matas, para que el patrón no lo viera. Ni por broma se oía habla de una pelea de consecuencia, si de robos de prendas o pingos entre la concurrencia. Es verdad que los paisanos conocían a lo que exponían sus cuerpos cometiendo cualquiera de aquellas tres faltas, sobre todo la última.

Rosas tenía un aborrecimiento innato por los ladrones. El que era pillado robando, caía de su gracia y podía contar por seguro que se le aplicaría un castigo crudo por mano de los colorados”, cuenta Fermín Chávez en su libro.

De peón de campo a soldado

El año 1820 fue uno de los períodos más inestables de la historia argentina. Se caracterizó por una profunda crisis política conocida como “la Anarquía del año XX”. No había un poder central que controlara todo el territorio, por lo que el poder se fragmentó y las provincias se autogobernaron.

La provincia de Buenos Aires vivía una enorme inestabilidad, y tras la caída de José Rondeau, el Cabildo asume el mando temporal. Luego se sucedieron varios gobernadores. En ese contexto, Rosas organizó una fuerza formada por los trabajadores de sus establecimientos rurales y otros gauchos. Se estima que más de 100 hombres vinculados con la estancia Los Cerrillos fueron armados y equipados para colaborar con el gobierno bonaerense.

Aquel grupo dio origen a los “Colorados del Monte”, llamados así por el tono de sus uniformes. Los mismos hombres que cuidaban el ganado y trabajaban la tierra se habían transformado en soldados preparados para obedecer las órdenes de su jefe. Esa organización demostró la influencia que Rosas había conseguido entre los habitantes de la campaña mucho antes que llegara al gobierno provincial en 1829.

El famoso rancho de Rosas

Dentro de la estancia Los Cerrillos, se encontraba el famoso “Rancho de Rosas”, una construcción con paredes de barro y paja de aproximadamente 45 centímetros de espesor.

La vivienda tenía cinco habitaciones sucesivas y un techo fabricado con paja y cañas tacuara unidas por tientos de cuero. Las paredes estaban pintadas con una mezcla de leche y sangre de vaca para lograr su característico color rosado. Se cuenta que Rosas pasó largas temporadas en ese rancho mientras administraba las tareas agrícolas y ganaderas.

En 1987, la construcción fue donada por la familia de Otto Bemberg (fundador de Cerveza Quilmes), a la ciudad de San Miguel del Monte. Sin embargo, debía recorrer unos 30 kilómetros para llegar a su nuevo destino. Y, como desarmarla podía provocar daños irreparables, los especialistas decidieron trasladarlo entero. La construcción fue elevada con máquinas hidráulicas y colocada sobre una plataforma de 120 ruedas.

El rancho, de aproximadamente 140 toneladas de peso, avanzó lentamente por los caminos rurales de lo que es hoy la zona del “Paraje Los Cerrillos” hasta el centro de la ciudad de San Miguel del Monte. Hoy día, esa construcción pintada color rosa se encuentra en la esquina de las calles Belgrano y Manuel de Soler. Funciona como museo histórico y exhibe uniformes de la época, manuscritos con la firma de Rosas y elementos de la Guardia del Monte.

El restaurador

La historia de Los Cerrillos revela una las facetas menos conocidas de Juan Manuel de Rosas. Ocurre que fue un hombre con gran ligazón al campo, dado que fue hijo de terratenientes y un hábil administrador de campos. Tal es así, que en 1819 elevó al Directorio una memoria en la que proponía la fundación de una Sociedad de Labradores y Hacendados, para prestar ayuda a la policía de la campaña, especialmente en la lucha contra los indios.

El poder de Rosas no comenzó en los salones políticos de Buenos Aires, sino entre las vacas, los caballos, los peones y los agrestes campos abiertos y dentro de una estancia que marcó su camino hacia el gobierno.

En la actualidad, a Juan Manuel de Rosas se le reconoce haber sido una de las figuras más poderosa de la primera mitad del Siglo XIX. Gobernó Buenos Aires en dos períodos: 1829 a 1832 y 1835 a 1852. Desde esas gobernaciones ejerció un control férreo sobre gran parte del país.

Rosas, fue derrotado por Justo José de Urquiza en la Batalla de Caseros el 3 de febrero de 1852. Partió al exilio a Inglaterra, donde murió en 1877 a los 83 años en una chacra llamada Burgess Farm a tres millas de la ciudad de Southampton.

Sus restos fueron repatriados a la Argentina el 30 de septiembre de 1989 durante la presidencia de Carlos Menem y su sepultura se encuentran en la bóveda familiar de los Ortiz de Rosas, ubicada en el Cementerio de la Recoleta de la Ciudad de Buenos Aires.

Rosas sigue siendo hoy día uno de los personajes más controvertidos de la Argentina. Para sus partidarios, fue el defensor de la soberanía nacional y del orden federal. Para sus detractores, fue un dictador que instauró el terror y la persecución política. De todas formas, su figura sigue generando debates en la historia argentina.

Su apodo más famoso y oficial, otorgado por la Sala de Representantes de Buenos Aires fu el de “El Rastaurador de las Leyes”.

Datos técnicos

Lo primero que se debe aclarar es que los arados de principio de la segunda década del siglo 19, eran de una sola reja y de un ancho considerablemente menor a los de este Siglo 21. De hecho, una labor con una sola reja de arado (un arado simple de mancera tirado por caballos o bueyes) solía tener un ancho de corte de entre 8 y 14 pulgadas (20 a 35 cm).

Otro dato a tener en cuenta es que es imposible saber el ancho exacto de los arados de Rosas, dado que en esa época ingresaban arados de origen americanos y también de Reino Unido, los cuales eran distintos.

Al margen de lo anterior, sí se puede decir que la medida de corte de un arado mancera dependía del tipo de suelo a trabajar. Por ejemplo, en suelos ligeros o para labores más rápidas, se usaban rejas de 8 a 9 pulgadas (20-23 cm). Mientras que en suelos más pesados o para cultivos de raíz que requerían mayor profundidad, era común el uso de rejas de 12 a 14 pulgadas (30-35 cm).

Un documento técnico sobre la evolución agrícola en Argentina identifica el arado de 1 reja de 14 pulgadas (35.5 cm) como el implemento representativo para la labor de «arar» en el período 1880-1889. Esto sugiere que, al menos en esta región y para ese tipo de trabajo, el de 14 pulgadas era una medida estándar y predominante.

Aclaración sobre la “Labor”

Teniendo en cuenta lo anterior, ahora vamos a ver cuántas hectáreas se pueden trabajar con una serie de 60 arados arrastrados por caballos tipo percherón o bueyes. Para la cuenta vamos a estimar que eran arados mancera con una hoja de 14 pulgadas de ancho.

Para calcularlo, hay que distinguir tres cosas: El ancho de una sola pasada (lo que cubre un arado), los metros de labor (que puede significar ancho total de trabajo o superficie trabajada por tiempo) y el ancho de un caballo percherón que es de no menos de 60 cm en la parte de la cadera.

Si los 60 arados marchan en paralelo, cada uno abriendo su propio surco con una reja de 14 pulgadas = 0,356 m → 60 × 0,356 = 21,3 m de ancho. Así que, con el estándar de 14 pulgadas, 60 arados cubrirían unos 21 metros de ancho en una sola pasada.

Si hacemos una cuenta matemática, en la que podríamos imaginar que están organizados de forma que iban 30 arados adelante y otros 30 arados atrás y que esos arados estaban separados por un metro de distancia entre sí. Nos encontramos con una separación de la línea de ataque de 47 metros de ancho, dado que la segunda línea de arados cubre lo que deja sin arar la primera.

En síntesis, los conductores de los arados que tenía don Juan Manuel de Rosas, demoraban caminando a 3 km por hora, un promedio de 5 minutos para hacer una hectárea de campo con una reja de arado de 14 pulgadas. Una velocidad nada despreciable, aunque hay que tener en cuenta que los caballos requerían de recambio, lo cual seguramente demoraba mucho las tareas siendo imposible mantener ese ritmo a lo largo las horas.

De todas formas, resulta difícil de imaginar, pero debe haber sido impactante ver a 60 arados arrastrados por los percherones y/o bueyes abriendo todos juntos esas praderas vírgenes.

Dato curioso

Si en la época de Juan Manuel de Rosas hubieran existido los Record Guinness, sus 60 arados trabajando a la vez aún no abrían sido vencidos.

El mayor récord Guinnes data del año 2015, cuando en febrero de ese año en Irlanda del Norte una sociedad de agricultores de la ciudad de Portadown, reunió a 84 caballos juntos arrastrando 42 arados a la vez con dos caballos por arado. No 60 arados como había en la estancia El Cerrillo y con una cantidad probable de 120 caballos o bueyes.

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